Sobre el perro de sangre: la homilía de los humildes

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Sobre el perro de sangre: la homilía de los humildes

Mensaje  Admin el Jue Ago 26, 2010 1:46 pm

(Buen artículo)
Por Juan Pedro Juárez

Después de recuperarnos del impacto de saber cómo cazan los sabuesos de los monteros del norte y de, evidentemente, comprobar que no sabemos nada ni tenemos perros de caza y, quizá, ni afición, consideramos oportuno dejar de lado a los perros y repasar esos asuntillos que ‘sabemos desde que nos salieron los dientes’. Más que otra cosa, por humildad.

“Le tiré y cayó, pero se rehízo y se metió a un barranco y ¡cualquiera le busca ahí!...”. Esto lo oímos, cada temporada, una y otra vez; reses perdidas, que no se cobran o, sencillamente, que no se buscan. No recuerdo una, sino varias monterías en las que, durante la semana siguiente, se han llegado a cobrar hasta un 30% del total de las piezas abatidas. Es decir, cobradas en su día, doce o quince reses; cobradas en los días sucesivos, otros ocho o diez animales más. Todo esto acarrea un desprestigio para el organizador de la cacería (no es lo mismo cobrar diez que veinte reses), una pérdida económica (alrededor de ochenta euros, a día de hoy, por la carne de cada animal) y, además, una gran falta de respeto, a nuestro entender, hacia esta bendita ocupación que es la caza.

¿Creen que exagero? Pienso que no. Nunca he visto a ningún futbolista dar patadas a un balón sin más, sin preguntarse dónde está la portería ni cómo es un campo de juego ni cuáles son sus reglas. No sé dónde comienza la caza ni dónde termina, pero sí sé que pistear es parte de ella y que si se dispara y no sabe dónde ha ido el tiro es como lanzar un penalti desde fuera del estadio “por si cuela”. Así pues, estimado lector-compañero, vamos a repasar esos “asuntillos” de los que antes hablábamos y que se deben llevar a la práctica cuando se caza.

Reacción ante el impacto

Como aclaración, he de decir que la reacción ante el impacto no es el teorema de Pitágoras; luego, ni es ni debe ser exacto. Debemos tomarlo como una mera orientación que, al unirla a la experiencia de cada uno, irá tomando cuerpo, poco a poco, hasta que cada cual consiga llegar a sus propias conclusiones.

Siempre que un animal nos cruce en perpendicular o en oblicuo a nuestra línea de tiro, podremos observar, por su forma de actuar, dónde le hemos dado con la bala. Cuando el animal va lento, o al paso, podemos ver dónde recibe el impacto, ya que el “rosetón” de entrada se percibe a simple vista. Pero, además, notaremos cómo, por ejemplo, al encajar un disparo en el hocico, parece como si se hubiese chocado contra un espejo, cosa que se observa mejor en los ciervos. En este caso, no debemos hacer demasiado caso al polvo que se pueda levantar tras el animal. Cuando el animal va al paso, se supone que va tranquilo, por lo que su musculatura presentará menos resistencia al impacto, por lo que muchas veces el animal es atravesado y las esquirlas que lo atraviesan levantan polvo. Todo depende del tamaño, de la altura del animal y del ángulo desde el que se le dispara.

Si le acertamos a la zona de la garganta o en la parte no ósea del cuello, puede ser que no percibamos nada; ahora bien, como la mayoría de esos impactos conllevan asfixia y gran pérdida de sangre, el animal, generalmente, reaccionará de una forma un tanto exagerada con una carrera que acabará cuando a él se le agote el “fuelle”. Me entenderán mejor si les hago recordar aquel cochino al que usted tiró: los primeros tres tiros parecía como si no los oyese y, tras disparar una cuarta vez, cuando ya creía usted que el guarro era sordo, éste arreó a correr como alma que lleva el diablo y no se le volvió más a ver. Pues, probablemente, ese jabalí murió a los cuatrocientos o quinientos metros, tras habérsele escapado la vida por las yugulares y las carótidas externas debido a un impacto, muy bajo, en el cuello. La sensación de asfixia es lo que más “alas” da a la caza.

Puede ser que, en otra ocasión, tras apuntar a una res y dispararla con toda la certeza del mundo y verla desplomarse casi en el acto, cuando usted se acercó, ella salió por pies y nunca más volvió a verla; eso, en mi pueblo, se llama “calentón de agujas” y no es otra cosa que acertar en la misma cruz del animal, y ahí, aparte de las puntas de las escápulas (paletillas) no hay nada que haga mortal a un tiro. Por precaución hay que seguir la sangre (dará muy poquita); si antes de los quinientos metros no encuentra sangre, dentro de la marca de la huella, no albergue muchas esperanzas. Esa reacción también se da con rasponazos en la pelvis o en la columna vertebral.

Acertándole más abajo de la cruz, fuera de las articulaciones, puede que con algo de tiempo logre recuperar el cadáver; pero, repito, es muy difícil porque es un espacio de impacto de unos veinte centímetros, ya que, si bajamos de ahí, el tiro es fulminante, debido a que se interesará la parte superior del corazón y parte de los pulmones.
Al bajar todavía más, llegamos al codo y a la mano que, aunque darán sangre, no mancharán, casi nunca, dentro de la marca de la pezuña; es decir, en la misma huella, las marcas de sangre serán, fácilmente, salpicaduras de la parte del miembro que se queda inerte y se mueve alocadamente al ritmo de la carrera.

Si el impacto ha sido en la pelvis, se derrumbará y puede que se vaya a rastras (sobre todo los cochinos) y entonces veremos el “arrastrón”, tal vez con sangre. ¡Ojo!, se arrastrarán, pero hasta que desaparezcan de nuestra vista; no nos precipitemos a la hora de ir tras él, no vaya a ser que a dos metros del cortadero, cortafuegos, o lo que sea, esté aplastado y nos lo comamos literalmente, o él a nosotros.

Cuando el animal es alcanzado en una pata hay ocasiones en las que parece que ni notase el disparo, sobre todo si el impacto es en el momento de meterse entre el monte. En este caso, no hay que buscar sangre en los primeros metros tras el lugar del lance. Si el tiro es alto puede ser que se vea el raspón de la pata rota, ya que no pueden flexionarla; estando el daño de la muñeca hacia abajo, no toca el suelo porque sí logran encoger la pata. Por eso, lo más práctico es buscar dos huellas y una marca más profunda y con los cascabillos más separados, que será la que deje la pezuña sana pareja de la pezuña del miembro herido, al soportar aquélla todo el peso de su cuarto (trasero o delantero). Los primeros metros esta huella más marcada no será regular; es decir, hasta que el animal pueda estabilizar bien el cuarto afectado, puede ser que pise, incluso, con la pezuña sana y sola, oblicuamente a las pezuñas del cuarto sano; esto es, si va herido en la pata trasera izquierda, las huellas de las patas delanteras serán normales, mientras que la huella de la pata trasera derecha (la sana) será la que marque más irregular y profundamente, por ejemplo. Estos animales habrá que pistearlos porque la mayoría de las veces se recuperan, aunque habrá que esperar para dar tiempo al animal a que se tumbe y se “enfríe”.

Cuando el proyectil acierta al paquete intestinal, según cuenta todo el mundo, se encogen. Yo esto no lo he observado, lo que no quiere decir que dude de su veracidad. Lo que sí se aprecia bien es el “bojarrín” (basura intestinal) desperdigado al otro lado del flanco impactado. Este tipo de herida suele ser la más común y merece la pena que la analicemos más tarde.

Animales a la carrera
Cuando el animal va a la carrera, generalmente se lleva el impacto, y es difícil discernir dónde le hemos acertado. De todos modos, y en algunas ocasiones, nos parece que hemos apreciado algún tipo de reacción en el animal ante el impacto.

Al recibir la bala en el hocico o en la cara tenderá a bajar la cabeza, lo que hará que cuando caiga dé una voltereta muy parecida a las que dan los toros cuando clavan los cuernos en el albero. Si el impacto ha sido en la pata, pecho, caja torácica o en las escápulas, la mayoría de las veces, caen con el pecho, dejándose las manos atrás y levantando los cuartos traseros, fruto de la inercia; es decir, la típica caída.

Cuando el daño se produce en los cuartos traseros es evidente que éstos fallan y de una manera más o menos clara se podrá apreciar.

Por eso, yo soy partidario de no esperar acontecimientos y secundar el primer disparo siempre.

Rastros «fáciles»

Habrán notado que no hemos hablado de puntos vitales porque considero que es obvio que tardarán poco tiempo en ocasionar la muerte y prácticamente no hará falta pistear. Aún así, comentaré una serie de cosas curiosas que, generalmente, se producen en los que hemos dado en llamar “rastros fáciles” y muy útiles para nuestros cachorros.

Con un codillazo en toda regla hay muchos cochinos que se van a más de cincuenta metros del lugar del impacto. En cambio, cuando “tiramos”, a un cochino o venado, por encima de las jaras, hay veces que, al pensar que no lo hemos tocado, intentamos “cortar su carrera” tratando de atajarlo entre el monte; cuando volvemos al último sitio donde le habíamos visto, nos encontramos con el animal muerto por un simple tiro en lo que mal llamamos riñones. No es que le hayamos alcanzado los riñones, lo que realmente sucede es que le hemos seccionado la aorta y la cava inferior que, a ese nivel, van juntas y, probablemente, también la columna haya sido afectada, por lo que en cuestión de segundos, el animal expira.

Otras veces tiramos a un guarrazo que deja el monte “lleno de tocinos” y no nos explicamos cómo puede haberse escapado. Sencillo: se ha ido, pero sin joroba, que es donde le hemos acertado, y no en el pecho o en la parte baja del cuello, porque, sepan ustedes, que ahí tienen tocino, pero se desprende con dificultad.

Aunque todo lo anterior suene un poco a rollo, es necesario conocerlo para sentar las bases del rastreo, porque intuyendo dónde ha ido a parar la bala, podemos plantear un tipo u otro de rastro. Por ejemplo: si sabemos que un bicho va “pegado” en el pecho, aunque no de muerte, podremos empezar a pistear antes que si sabemos que el impacto ha sido en los jamones, en cuyo caso deberíamos esperar a que el animal se tumbase y comenzase a desangrarse.

A lo largo de futuras notas repasaremos dos tipos de rastros: el que nosotros ‘podremos seguir fácilmente’, esto es, con mucha sangre, continuos y cortos (hasta mil o mil doscientos metros), y el ‘rastro imposible’, es decir, el de verdad, rastros infinitos, con un trozo de tripa aquí, un resto de orina con sangre allá, un pedazo de tocino en el cerro de enfrente, etc., pero con un nexo de unión entre cada piltrafa: las huellas. Y como arma para reconstruir el rastro entero, nuestro amigo de siempre, el perro. Intentaremos ver lo que él huele, cómo guiarlo y entre medias seguiremos con lo más importante, que es la disciplina.

_________________
Cazar no es matar
avatar
Admin
Admin
Admin

Mensajes : 584
Fecha de inscripción : 27/03/2010
Edad : 75

http://monterosribeirasacra.forosactivos.biz

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.