Calor, luna y jabalíes: ¿Nos vamos de espera?

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Calor, luna y jabalíes: ¿Nos vamos de espera?

Mensaje  Admin el Dom Ago 15, 2010 4:57 pm

Calor, luna y jabalíes: ¿Nos vamos de espera?

Texto de I.A. Sánchez.


De todas las formas de practicar la caza en nuestro país, de las diferentes maneras de entender la caza, probablemente sea el rececho, especialmente tras los gráciles corzos, la que en los últimos años ha experimentado un mayor auge entre los cientos de miles de aficionados a la mayor. Quizá sea por la pérdida de parte de su encanto, de parte de su pureza, de la más tradicional de las prácticas cinegéticas de España, la montería. Seguramente sea ésa la causa de que otra modalidad, tan antigua como el hombre recuerda, esté también de moda: el aguardo a los cochinos, la espera.

Y es que son muchos los cazadores veteranos —y los no tan veteranos— cansados ya de la parafernalia, del rancio tufillo a naftalina de cada vez más y más macrocacerías organizadas (...) por amigos del dinero rápido, por personajes carentes de escrúpulos capaces de juntar alrededor del más desierto de los eriales a unas docenas de monteros (...) y a cuatro variopintas rehalas (...) para, en el mejor de los casos, acabar a media mañana la montería (...) sin haber oído un sólo disparo ni una triste ladra, y no, como en otras ocasiones, tarifando tras haber tenido que practicar el cuerpo a tierra acongojados por el silbo de los proyectiles volando a escasos metros de sus reluciente sombreros.

Por fortuna no siempre es así, y efectivamente son también muchos, aunque cada vez menos, los lugares en los que podemos disfrutar de una mañana en el campo rodeado de monteros de verdad, de perros y perreros, de postores, de guardas, de presidentes y en ocasiones hasta de reses como las de hace décadas, pero como cada vez resulta más difícil dar con ellos, muchos aficionados buscamos ahogar nuestras ansias de caza pura no a base de pacharanes aguados en las interminables juntas previas al sorteo de noventa posturas, sino en el monte, tratando de ganar la batalla a la más deseada de cuantas especies habitan nuestros montes, al jabalí, y no en compleja organización de armadas, rehalas, sueltas y caracolas, sino en plena oscuridad, en mitad del monte, en su terreno, de tú a tú.

Trabajar el aguardo y requisitos legales

Para los que se inician en esta modalidad, para los que sienten el gusanillo por pasar una noche en el monte rodeado a veces de la más cegadora oscuridad, del —en ocasiones— más «ensordecedor» de los silencios, para los que no han disfrutado aún de la sensación producida por el simple sonido de una piedrecilla al rodar, por el inesperado vuelo de una perdiz en mitad de la noche, van estas líneas, con las que no pretendo otra cosa más que guiar en esos primeros pasos a quienes, en lugar de pagar una suma de dinero por la entrada a una finca y por subirse a una torreta de madera con el suelo cubierto de colillas y de bolas de papel de aluminio junto a un viejo abrevadero, prefieran preparar este verano, desde el principio y para ellos solos, su particular espera.
Lo primero, huelga decirlo, es disponer de una finca, de un acotado en el que, o bien extraordinariamente por daños a los cultivos, o bien por quedar recogido en el plan técnico cinegético, estén aprobabas las esperas. En caso contrario deberemos recurrir a la finca de algún amigo, de algún conocido, en la que así sea, y lógicamente bajo su consentimiento. El siguiente paso sería informar tanto al resto de socios como a la guardería o a quien pudiera interesar sobre nuestra intención de preparar un aguardo, en primer lugar por cuestiones de seguridad, y en segundo lugar por no interferir o molestar a otros posibles aguardistas. La labor de un guarda o de cualquier buen conocedor del terreno no tiene precio en estos primeros pasos, pues el siguiente paso será buscar el lugar apropiado, encaminarnos a la zona en la que vaya a ser más fácil que se produzca el esperado encuentro entre el marrano y nosotros, y quién duda que es la gente del campo, que son los que viven de él y en él, los que de verdad conocen esta información. Ante su ausencia tendremos que ser nosotros mismos los que, a base de patear y de carrilear, nos busquemos nuestras propias habichuelas.
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Comer y beber
Salvando el instinto de reproducción, es la necesidad de alimento y de agua lo que va a marcar la conducta de los jabalíes y en lo que nos vamos a basar para tratar de encontrarlos. Estamos en verano; dentro del monte, en el interior de la mancha que sirve de diurno refugio a los cochinos del lugar, tanto el alimento como el agua suelen escasear. Acabada la montanera, con el suelo seco y duro como una piedra, resulta imposible hozar en busca de alimento, y con las fuentes más secas que la mojama no queda más remedio que salir del seguro refugio si quieren llenar los vacíos estómagos, refrescar las resecas pellejas y librarse de la horda de moscas, mosquitos y garrapatas que inmisericordes atormentan el duermevela de los suidos.
El cereal está espigado, las uvas empiezan a endulzarse, las tortas se cargan de pipas hasta vencer al tallo por el exceso de peso y las mazorcas se muestran ricas y jugosas y ofrecen además refugio gracias a su altura, que cubre sobradamente la cruz del más esbelto de los cochinos. Parece claro que ha de ser allí, o en las zonas de paso a las cosechas, donde debemos preparar nuestro aguardo.

Pistas claras
Pese a la dureza del suelo, que impide las más de las veces localizar la huella de los cochinos, no son pocas las pistas que dejarán en su deambular y que nos valdrán para tratar de leer sus idas y venidas. Las más claras estarán en las cosechas; los girasoles, el maíz y el cereal aparecerán tumbados, dejando cercos claramente detectables en la aparente planicie de la cosecha, y las parras mostrarán hojas verdes arrancadas, y si nos asomamos veremos los restos de los racimos desprovistos de sus jugosos frutos. No es todavía el momento de tratar de identificar el peso, el tamaño, el número ni el sexo de los animales que allí anduvieron; con localizar las tierras querenciosas en las que sea no sólo posible, sino probable, ver entrar a alguna piara de guarros la diversión estará garantizada. Localizada la tierra conviene encontrar el punto de acceso. Éste suele ser aquel en el que la cobertura del monte queda más cerca de la cosecha. Cualquier metro de menos que el jabalí tenga que recorrer por terreno descubierto es apreciado por éste. La intuición juega un papel importante aquí, y siempre podemos tratar de buscar las trochas, los caminillos que quedan marcados en el terreno por el paso reiterado de animales por un mismo lugar.

Apostadero
Una vez descubierto tanto el lugar en el que se alimentan como aquél por el que normalmente acceden a él, debemos buscar el sitio en el que nosotros nos apostaremos. Resulta difícil tratar de dar algunas pistas, algunos consejos generales al respecto, pues cada escenario es un mundo, y sólo viéndolo resulta posible resolver la complicada ecuación de la correcta ubicación del puesto. Algunos parámetros, eso sí, son siempre los mismos, y ellos serán los primeros que atenderemos para buscar el lugar adecuado.
En primer lugar está la visibilidad, y éste es evidentemente el principal. Ponernos en un magnífico puesto desde el que no dominamos el lugar por el que intuimos que entrará el cochino es de todo punto absurdo. La segunda premisa, algo más sui géneris ésta, es la del aire. Resulta imprescindible no cargar aire tanto hacia el lugar en el que pretendemos ver o disparar al animal como hacia el lugar por el que a él accede. Hay datos que pueden indicarnos los vientos dominantes de la zona, y en ellos podremos basarnos para establecer el puesto, pero será única y exclusivamente la observación del viento in situ la noche de autos la que nos indicará la conveniencia o no de quedarnos ahí o dejarlo para otra ocasión.

Nuestro pequeño rincón
Localizada al fin la zona idónea para preparar nuestro puesto, toca ahora acondicionar el terreno para hacer cómoda y efectiva la espera. Un delicado equilibrio entre discreción y practicidad resulta necesario. De nada valdrá montar junto a la siembra un lujoso chalet con piscina y salón de té si va a ser evidentemente detectado por los cochinos a las primeras de cambio, recelando lógicamente de él y cambiando por ello sus costumbres y su lugar de avituallamiento.
De igual forma, de poco valdrá encaramarnos a la más espesa de las encinas si desde ella va a resultar imposible localizar a nuestra presa y más aún encararnos el rifle sin montar una escandalera de aúpa. Es conveniente estar mínimamente tapado, y primordial no situarnos en un viso, rompiendo con nuestra silueta el horizonte. Un discreto agujero en la base de una chaparra puede ser el lugar perfecto para permanecer oculto. Eliminaremos las ramas justas y necesarias para, siempre con precaución, poder permanecer allí sentados en nuestra silleta o sobre una vieja manta sin rozar con nada y, en caso de disponer de una rama que nos pudiera servir de apoyo, la podaremos de tal forma que no vaya a permitir un cómodo y sobre todo silencioso encare. El mismo día de la espera quitaremos con tiempo y absoluta discreción las hojas secas que pudieran haber tapizado nuestro metro cuadrado de espacio. Ya queda menos...

Equipo pesado
Parece que llevamos bien las cosas. Podemos ya ir preparando el material pesado, esto es, el arma y la óptica. Empezaremos por el arma. Muchos son los artículos escritos al respecto, por lo que no nos perderemos en detalles que podrían ocupar no ya artículos, sino libros o tratados, dando unas ideas básicas para saber simplemente lo que necesitamos para concluir esta aventura con éxito. Partiremos de la base de que prácticamente cualquier rifle vale, y casi cualquier calibre, pero no la óptica. ¿Lo ideal? Un monotiro en un calibre medio (7x57, .270 Win., etc.) ¿Lo válido?, casi todo: desde un cerrojo —por supuesto—, hasta un semiautomático; desde un .243 Win. o un 6,5x57 hasta un 7 mm. Rem. Mag. o un 9,3 x62. Quitando los calibres más suaves (.223 Rem., 5,6x52 R...), casi todos los demás pueden llegar a valer, si bien resulta de todo punto innecesario portar una pesada arma de desmesurado calibre (.338 Win. Mag., .375 H&H...), aunque insisto, por valer valen. El tipo de proyectil depende mucho del calibre en concreto que usemos, pero también nos ceñiremos a unas pautas básicas, concluyendo que deben tirar más a duritas que a blandas, sin ser jamás blindadas, por supuesto. Algunas puntas fáciles de encontrar en multitud de armerías y en infinidad de calibres pueden ser: AccuBond y Partition de Nosler, Scirocco y A-Frame de Swift, H-Mantel y TIG de RWS, InterBond de Hornady, Oryx de Norma, Core-Lokt Ultra de Remington y Grand Slam de Speer, todas ellas magníficas para estos menesteres.
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Las cosas claras
La óptica es otra cosa. Si bien es cierto que bajo la luna llena y sobre un amarillo campo de cebada la silueta de un buen marrano la veremos con el más mediocre de los visores, lo cierto es que estas circunstancias no se suelen dar más que alguna vez en toda una vida de esperas. Hemos de contar con enfrentarnos a condiciones de luz límite, con resabiados cochinos que difícilmente abandonarán la sombra de la frondosa encina, y ahí son las ópticas de mejor calidad las únicas que nos permitirán realizar un disparo certero. Objetivos de 56 para los visores de procedencia europea o de 50 para los de procedencia americana son las elecciones lógicas. En cuestión de aumentos podemos decir que 8 es la elección estándar para visores de aumentos fijos, y de 3 ó 4 hasta 12 para los de aumentos variables. Otro dato a tener en cuenta a la hora de elegir un visor para esperas es el de la retícula. Por un lado está su diseño, que debe ser, para que nos entendamos, de tres palos gordos (izquierda, derecha y abajo), unidos por otros más finos, y por otro su iluminación. El que esté iluminada o no, no suele ser decisivo, aunque en ocasiones sí puede ayudar a colocar un disparo correctamente; eso sí, que sea ajustable hasta prácticamente hacerse imperceptible su luz, de lo contrario nos molestará más que nos ayudará, al cegarnos impidiéndonos ver qué hay tras ella. Con respecto a los prismáticos, poco nuevo que decir, salvo quizás que los aumentos variables no están siempre logrados en ópticas de doble ocular, por lo que nos ceñiremos a lo que el mercado más ofrece, que son aumentos fijos. Los 8x56 son los prismáticos de espera por excelencia, aunque también son perfectamente válidos y cada vez más ofertados los de 10x50, 10x56 ó 9x63.

El material ligero
Pero, ¿qué más debemos llevar a la espera? Pues unas cuantas cosas. Empezando por la ropa diremos que, estando en verano debemos llevar ropa ligera y fresca, de algodón, con colores discretos y de manga y pierna larga, por aquello de los mosquitos. Un forro polar apenas pesa, y lo agradeceremos muchas noches, incluso de verano, en muchos puntos de nuestra geografía. Unos guantes y unos calcetines también de algodón y largos evitarán que nos coman manos y tobillos. Una gorra o visera romperá un poco la silueta de nuestra cara y evitará que la luna nos deslumbre, y en caso de ataque masivo y extremo de hordas de mosquitos asesinos, podemos recurrir a una fina mosquitera que nos cubra el rostro, teniendo en cuenta que con ello perderemos algo de visibilidad.
Llevaremos una manta para poner en el suelo, silenciando así nuestros movimientos, y una silleta en la que poder descansar y que no haga el menor sonido en caso de necesitar incorporarnos o movernos para disparar o sencillamente para coger nuestro rifle. Una pequeña linterna (mejor dos) nos valdrá para recogernos y para caminar en la oscuridad viendo y sobre todo siendo vistos, y en caso de estar autorizada la luz artificial para el disparo no debemos olvidarla, así como su batería o pilas y el sistema de fijación al visor o al cañón. Un teléfono móvil apagado o silenciado es siempre un buen compañero al que recurrir en caso de emergencia. Siendo como se suponen éstas nuestras primeras esperas, no se nos debe pasar por la cabeza andar pisteando en la noche una res herida y menos aún entrar a rematarla, por lo que aquí puede concluir nuestro equipo. Los útiles de pisteo, remate y aviado de una posible res ya los traeremos más adelante, mejor con ayuda de otra persona y a la luz del día.
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A cazar
Pues señores, con esto queda la teoría al menos introducida. Son todo nociones básicas y sencillas, pero a buen seguro que ayudarán a más de uno que hasta ahora no se haya planteado hacer una espera o para los que, como decíamos al principio, han recurrido siempre a la realización por parte de otros de gran parte del trabajo necesario para conseguir el objetivo deseado. Que nadie se engañe, no es fácil, y menos engañar al soñado viejo macareno del lugar, pero son muchas las satisfacciones que esta modalidad de caza nos da.
Una noche será una pareja de zorros la que nos alegre la espera, otra un hermoso tejón. Pasaremos noches sin oír un alma, y en otras parecerá el monte una verbena con ruidos y reses aquí y allá. Nos cogerá el aire alguna vez el guarro esperado, o se nos colará otra sin darse él tampoco cuenta de nuestra presencia, pero llegará el día en el que por fin veamos a la guarra con sus rayones entrar franca a nuestro tiradero, y le perdonaremos evidentemente la vida, y llegará también el día en el que sea un solitario cochino el que asome a nuestro visor, y en ese momento seremos los seres más felices de la tierra, y entonces cobrarán sentido todas las horas de trabajo, de sed, de calor, de picaduras de mosquitos, de hambre, de vueltas tardías al hogar y de soberano aburrimiento que nos habremos chupado hasta tenerlo por fin a nuestra merced.

Nota:
Fotos propiedad del admin del foro que corresponden a tres jabalíes machos abatidos en esperas autorizadas por daños en cultivos




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