La ilusión de un fugaz encuentro

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La ilusión de un fugaz encuentro

Mensaje  Admin el Dom Mar 28, 2010 12:41 am

Estimados amigos, con objeto de dinamizar la sección de relatos del foro, me he animado a escribir un breve relato al que espero darle continuidad con el tiempo, y una vez que se abra la temporada para la modalidad de Ganchos, Batidas y Monterías. Es un relato imaginario, una ilusión que espero cumplir algún día "antes de que la caza me abandone". No está basada en hechos reales, aunque la ubicación geográfica en la que se ambienta la narración nos sitúe en mis cazaderos habituales.

Por último, quería significaros que este relato lo que intenta es transmitir un sentimiento que creo que todos los cazadores hemos experimentado alguna vez, y con la mejor intención de "transportaros a la vivencia del mismo", a la ilusión del tan esperado lance: es la grandeza de la CAZA.
Sin más, os dejo con una Historia que narra las peripecias de un inteligentísimo corzo y un empedernido y tenaz cazador y su perro: un Sabueso Español.


Aún hoy me acuerdo con nostalgia de nuestro primer y fugaz encuentro. Había subido a la Sierra con los últimos rayos de luna, bellos destellos que, dulcemente, difuminaban ancestrales sombras infinitas que se desvanecen en el olvido de los tiempos. Contemplándolas, podría aún hoy sentir la misma tensión que nuestros antepasados cazadores reflejaban en sus rostros ante las innumerables y emocionantes jornadas venatorias que habían vivido y experimentado en su corazón cazador con una intesidad única: la caza como arte sentido. Aquella sombra que proyectaba aquel centenario castaño, cuyo carcomido tronco había sido testigo de innumerables y emocionantes aguardos de jabalí, era la que más me gustaba: una mole granítica que yacía a su pie, plasmaba fielmente la silueta de un hermoso sabueso cuando era acariciada por los reflejos de los primeros rayos lunares. Cuando el viento soplaba con suavidad, el movimiento de ramas y hojas parecían darle vida a aquel mítico can, testigo de la emergente vida nocturna del bosque.

Todo este tipo de sentimientos y recuerdos entremezclaban en mi mente una dulce nostalgia a la que ya me había acostumbrado en las previas de los lances. Formaban parte inherente de mi esencia cazadora.

Había desenpolvado del "armario del olvido" una vieja escopeta paralela de perrillos del calibre 16, que había pertenecido a mis antepasados y estaba decidido a arrancarla de su monótona postergación y, en definitiva, darle vida de nuevo en mis andares corzunos.

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El alba comenzaba a apoderarse de la Sierra y el monte callaba paulatinamente. Mis piernas no sentían cansancio y avanzaban inagotables hacia un deseado e ilusionante encuentro.

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Aquel corzo maestro que tantas y tantas vueltas le había corrido a mi mejor sabueso: El Pancho, era un animal digno de admiración: pululaba por las entrañas más recónditas del bosque y rara vez se mostraba a la radiante luz del Astro Sol que bañaba las grandes praderías del sopié de la Sierra.

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Prefería quizás, por la enorme sabiduría que le había otorgado la madre experiencia, aquella tenue y suave luz que se escurría entre los primaverales brotes de robles y castaños.
Era un animal majestuoso, lo había llegado a avistar en dos ocasiones a gran distancia y siempre nos había burlado... De nada valían mi silencio y astucia ni la perseverancia en el rastro de mi sabueso Pancho que, tras un día de caza agotador, se echaba a descansar para retomar el acoso al alba siguiente. Siempre nos ganaba la partida.
Había llegado al firme convencimiento de que POR FIN había encontrado un digno adversario, fajado en mil y una batallas y buen conocedor de las más sutiles añazagas: ¡ESE ERA EL CORZO DE MI VIDA!

Tantos pensamientos robados en tantas y tantas noches de vigilia me habían conducido a la firme convicción de intentar darle caza en rececho con mi vieja escopeta del 16.

El sol comenzaba ya a asomar por las más encumbradas crestas de "A Cabeza da Meda" y, mis pasos, cada vez más cautos y sigilosos, discurrían raudos y decididos a su encuentro. Tras subir un pequeño repecho, alzé la vista y... mi respiración se quebró en seco, mi corazón dió un vuelco y mis manos asieron con una gran fuerza instintiva a mi 16. No me lo podía creer... ¡Allí estaba!: a unos escasos 20 metros yacía "el maestro". Mordisqueaba apaciblemente tiernos brotes de un joven castaño. Ni siquiera se había percatado de mi presencia. Me quedé estático y con un leve y suave movimiento, levanté muy despacio y con esmero y delicadeza mi 16, tiré de los dos perrillos procurando evitar el más mínimo ruido, apunté al pecho y... mi dedo se fue deslizando hacia el gatillo delantero con tersura. Comencé a ejercer una leve presión sobre el mismo... (¡POR FIN, YA ERA MIO!... -pensé- ) y en ese etéreo instante, que es a su vez "efímero y eterno", el corzo ergió su grácil cuello y me miró con curiosidad y recelo... y yo a él... ya no apuntaba... contemplaba... nos quedamos suspendidos en ese mágico momento no sé cuánto tiempo pues perdí la noción.

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Por alguna extraña razón que no podría explicaros, alivié la presión sobre el gatillo...

¡NO, demasiado fácil, demasiado rápido quizás!. Bajé la escopeta y en un fugaz instante su silueta se difuminó entre la espesura con la majestuosidad y elegancia propias del "Rey de los corzos" y no volví a saber de él.

La intensidad del momento vivido y su ya imborrable recuerdo acudían una y otra vez a mi memoria e imaginación. Lo que había comenzado como una simple jornada de caza con sabueso hacía ya dos años, se estaba empezando a convertir en una verdadera obsesión: era casi imposible no pensar en él, en ese especial encuentro y en ese cruce de miradas del que ya jamás me olvidaría. Decidí regresar al Pueblo y dejarlo para otra ocasión si la bienandanza me acompañaba. En el regreso, mi mente continuaba inundada de las sensaciones y emoción que había experimentado. Me cuestionaba una y otra vez el porqué no le había disparado pero no obtenía respuesta: había sido una decisión que había adoptado intuitivamente... Quizás algo en mi interior me decía que ese no era el momento ni el lance, que el futuro y el azar o sino nos depararía otra "lucha" mucho más digna: de tú a tú. Me convencí de que iría a buscarlo a las entrañas del bosque: al frondoso y centenario robledal llamado "El Ratón"... Allí deberíamos a volver a encontrarnos: en su terreno.

Cuando llegué a casa, Pancho tornó su melancólica y habitual expresión "sabuesera" por una desmesurada ansiedad que jamás antes había visto en él. El perro notaba algo en mi mirada, daba la impresión de que algo intuía. Le acaricié y animé, como siempre: " tranquilo Pancho, otra vez será".


Continuará...
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